SIN TÍTULO



SIN TITULO

El fresco de las tardes se hacía venir
De entre los matojos, verdes soñolientos
Arrastrados hasta el escalón
Donde nos besábamos.

Las blancas paredes desnudas
Nos fotografían para silenciar
En una carpeta de ladrillos
Nuestro cuento infinito.

¿Oyes las voces sordas?
Es el canto de los pajarillos
Que silban al son de nuestras manos
La tapias de los labios
Que nos marchitan lento…

Los rayos de luz ennegrecidos
Van cabalgando con las nubes
Y en el fuego de Junio
Dos columnas de sudores pétreos,
Que se deslizan entre sábanas
Como lágrimas de cristal.

Un reloj despierto nos amanece
A las cinco y media de la
Madrugada,
Y nos perdemos de nuevo en
El columpio de serpientes que nos ata
Hundiéndonos el veneno hasta
El balbuceo último de la humanidad.

Dos montañas de escaleras
Suben despacio por nuestros cuerpos
Perdidos en el abismo amarillo
De nuestros corazones palpitantes
Y que pisan fuerte por las aceras
Entre las mañanas y
Las noches de tabaco y soledad.

El tiempo se agota y tus ojos
Cierran dos girasoles perdidos
En el mar de mis orilas,
Todo mío para siempre.

Secos y distantes parten
En el lagrimal una moneda de
Plata que ensordece tus sentidos
Fundidos a mis manos…
¿No lo recuerdas?

Una cumbre de cerezas roza
Disimuladamente por tus labios
Y el cielo blanco de la tarde
Perfila en Grecia una de sus aceras
Bañadas del cemento de mis caricias.

La inamovilidad de mis agujas se pierde
Y el tiempo se acabó contigo
Ya no tengo sueños y las pesadillas
Se convierten en el dormitar impensable
De aquel algodón de puyas que dejaste
Sólo y sin aliento.


Pármulo