La madrugada



La madrugada

En el sinfín de esta calle brillante y sola
He dejado mis pisadas como si fuese
El vaho de aquel hombre que viaja solo.

La tremenda luna de esta madrugada
Nos está dejando ciegos mientras nos
Besamos en el triste rincón de esa calleja
Que vela por nuestro secreto a voces.

La claridad de la mañana enrojece raudo
como si ese beso hubiera durado el infinito
en el infinito extenso de un grano de sal.

Otra noche más quiero sentir tus labios
Y no esperar minutos que se hacen horas.

Mis manos frías congelan los bolsillos,
Vestidos de seda rojiza y algunas monedas
Mientras los mendigos se convierten en
Predicadores del hambre inerte indiferente.

Y yo que me preocupo por el beso,
Por el alma y por mis letras… no pienso
En el frío húmedo de aquellos cuerpos
Medio acongojados en medio de un umbral
De mármol rosa.

Estos minutos de espera me sirven para
Intentar marcharme.

El eco de mi silencio lame con precaución
La sonrisa de dos niños que con un pan
De haba bajo el brazo, van aprendiendo a
Mendigar en los oficios de mayores.

Las manos blancas y de libros,
Las manos rojizas de la tierra…
Son las huellas de la madrugada,
Madrugada libre y serena.

Esta última noche no te espero más, y



vuelvo al fuego donde no veo el sufrimiento.

PÁRMULO '10 - El ocaso de la noche blanca.