EL FRÍO DE LOS RELOJES


Cada alma insistente da cobijo al maltrato
bajo las copas de los árboles helados
entre el precipicio del suicidio y la gran
rosa de aquellos ojos negros y morados.

La colección de relojes va marcando
el casi tic-tac de las manillas, de las
ventanas de aquellas agujas puntiagudas
que no hacen más que vivir cantando.


En la ducha o tras cristales ennegrecidos
viaja la mente divagante por pinares
entre monte y monte cálido.


Endulzado de caramelo, de pasas
más amargas que un disparo pero
en la baja tormenta las lágrimas
caen por el precipicio empicado.


La melancolía deja rastro, el diván
me obliga a sentarlo para no pasar
aquellos fríos de las distancias congeladas.


Van las tres y cuarto cuando la mar
queda congelada de cuando en cuando,
y entre las grietas sale el fuego azul
que un día pensaste que era letargo.


El letargo repetido en mis poemas
duermen día a día entre mis grabados
gran quimera de las lluvias,
preocupación de las candelas.

Pármulo '09